31/03/2019

Arctic Monkeys en Lollapalooza: el juego de las diferencias

La pesada herencia de tener que mantener con vida al rock de guitarras.

Arctic Monkeys

Arctic Monkeys dio la impresión de querer patear su propio tablero con la publicación de Tranquility Base Hotel + Casino, su sexto disco de estudio. Después de años de usar la guitarra como ariete en sus diversas encarnaciones rockeras, la banda liderada por Alex Turner optó por jugar por un pop ideado para bares de un cinco estrellas perdido en el tiempo y espacio, con barbas candado y sacos de tweed como nueva identificación estética. Sin embargo, todo pareció ser un chiste mal entendido cuando Turner se plantó en el escenario con campera de cuero y eléctrica de 12 cuerdas en mano para interpretar “Do I Wanna Know?”, una cuota de rock ideado para las masas, la primera de las muchísimas que sonarían en la noche.

De a poco, la imagen parecía calcada de su última visita a la Argentina, con AM bajo el brazo y en el marco de un festival en GEBA, con no sólo varias repeticiones entre un show y el otro sino hasta, en la mayoría de casos, en el mismo lugar en la lista. Eso no quitó que “Brianstorm” fuese una aplanadora, aún a pesar de un innecesario solo de batería agregado sobre su final, ni que “Snap Out of It” le diesen una pincelada guitarrera a un pop sesentoso en estado de estribillo constante. “Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Moved Your Chair” revalidó a las seis cuerdas en su protagonismo con un riff stoner por un lado y una guitarra pantanosa a cargo de Jamie Cook en el otro.

Entre tanta enjundia rockera, “One Point Perspective” fue una suerte de guiño a esa versión retrofuturista del easy listening de su último disco, entre pianos tintineantes y eléctricas procesadas a través de un añoso reverb con resortes. Y fue esa misma incursión en el presente la que hizo que “I Bet You Look Good on the Dancefloor”, su primer single, sonase a media asta, con un ritmo levemente más lento y con una notoria carencia del desparpajo de su versión original. Rindió mejor sus frutos en “Library Pictures”, una suerte de balada soulera en desarrollo hormonal constante y el approach melodista de “Knee Socks”, con un sistema nervioso central compuesto por una línea caminante de bajo y un bombo a tierra.

“The Ultracheese” volvió a poner a Turner en su rol de Elvis de bar lindero a una ruta interprovincial, en un clima casi jazzero que le permitió jugar al crooner de micrófono en mano. Y de ahí, otro volantazo: como si de repente hubiera recordado que a Arctic Monkeys se le había endilgado la responsabilidad de mantener relevante al rock de guitarras, “Teddy Picker” y “Dancing Shoes” hicieron justicia a la efervescencia adolescente con las que fueron registradas para la posteridad. Pero el envión duró poco, y llevó a “Why’d You Only Call Me When You’re High?” y “Cornerstone” lejos del calor de las válvulas.  

Como pendiéndose entre un extremo y otro, “505” tuvo su clima de épica personal con un drama en desarrollo, con una coda extensa que devino en un instrumental inédito y ruidoso, “The Jam of Boston”. Este desembocó en la elegancia de bar de lobby de “Tranquility Base Hotel + Casino”, con Turner ubicado tras un piano eléctrico. De vuelta en la eléctrica, “Crying Lightning” sentó las bases para que “Pretty Visitors” y sus raptos de anarquía sonora pusieran las cosas en su lugar, justo antes de que “Four Out of Five” le diera esa misma grandilocuencia a su visión personal del easy listening, en un clima de atmósferas cinematográficas.

Visto en perspectiva, abriendo los bises tras hora y veinte de show, el primer verso de “Star Treatment” (“Yo sólo quería ser uno de los Strokes / Ahora, mirá el lío que me hiciste hacer”) no hacía alusión al cambio de piel de Arctic Monkeys, sino todo lo contrario: con la banda de Julian Casablancas convertida en un aparato intermitente e indescifrable, son Turner y los suyos los encargados de acompañar a Jack White en su propia epopeya guitarrera. Por eso, aunque “Arabella” tuvo peso y consistencia, el cierre con “R U Mine?” fue una declaración de principios. Un andamiaje rítmico en completa libertad corriendo a la par de un riff sincopado fueron una muestra de que el rock de estadios puede construirse desde la economía de acordes. La única condición a cambio es que haya al menos un puñado de personas dispuestas a ejecutarlo.