11/12/2016

Andrés Calamaro en el Gran Rex: nunca es igual

El salmón se vistió de gala.

Calamaro

Para alguien siempre ligado a Bob Dylan -una línea trazada tanto por extraños como por él mismo-, presentarse secundado por un trío de piano, contrabajo y percusión, implica pararse del lado Cohen de la vida aunque sea por un instante. Y también, claro, potenciar su costado bohemio, ese que fue nombre y concepto en su disco de 2013. Porque así, vestido de impecable traje, cuando agarra la armónica para desandar una breve melodía en "La libertad", Andrés Calamaro se muestra, al mismo tiempo, patricio y callejero. Alejado de la electricidad, ofrece versiones tan ideales para un teatro como para un bar de humo & whisky o un salón que reúna a la aristocracia cool de la ciudad. En todos los casos, lo que el oyente espera -y obtiene- es un cantante que maneja ciertas libertades sobre versos propios y ajenos mientras, detrás de él, los músicos aportan nuevos colores más cerca del aplomo que del riesgo artístico.

A lo largo de 90 minutos de concierto, Calamaro pareció estructurar la lista de temas en dos. Una primera parte íntima, dominada por composiciones ajenas, y una segunda cargada de clásicos y lógica pop/rock. Después de "Bohemio", "Algo contigo" (de Chico Novarro) inició el recorrido que fue del bolero al swing, pasando por zambas y milongas. "Buenas noches, Buenos Aires", saludó brevemente el Salmón mientras corrió la banqueta del centro del escenario para dar comienzo al dueto "OK perdón" - "Soy Tuyo" y de ahí pasar, sin solución de continuidad, a una despojada "Piedra y camino", de Atahualpa Yupanqui. En esa seguidilla, quedó claro no sólo las intenciones del ex Los Rodríguez sino también el lugar que ocupa en la música popular: Calamaro está inscripto en una tradición que aboga por una forma de decir lo cotidiano con agudeza de observador más que con metáforas crípticas.

En el extremo opuesto, la versión de "¿Quién asó la manteca?", con coros de aspiración R&B y un swing forzado, deslució en el segmento más errante de la noche. Todo lo que Calamaro y su trío habían conseguido en los breves solos y salidas ajustadas de "Ansia en Plaza Francia", se diluyó en versiones con poco de sorpresa y mucho de piloto automático. Así, "Garúa" (Aníbal Troilo) mostró apenas un buen pasaje homorrítimico de piano y voz, y "Cacho de Buenos Aires" (Cacho Castaña) sólo alcanzó el clímax cuando Calamaro pidió un aplauso para el compositor del tema. "La copa rota", corrió con mejor suerte y fue la vía de escape para encarar la mitad mejor lograda de la noche.

De nuevo con la armónica fuera de su bolsillo, el cantante comandó "Himno de mi corazón" con toda la experiencia de un frontman que sabe cómo domar a las masas. Ahora con los coros más discretos y aportando al clima jazz lounge de la versión, todo corrió sobre rieles y la voz rasposa de Calamaro sobre el estribillo le dio por fin al Gran Rex su atmósfera de fogón de alto presupuesto. Después de "Los aviones", con presentación de los músicos incluida, "Tuyo siempre" continuó con la tónica coreable y "El tercio de los sueños" en clave de vals -acá más cerca de Sabina que de Cohen- bajó un poco los decibeles como un breve remanso antes de la recta final.

Calamaro sabe, tal vez mejor que nadie, que más de 30 años de un cancionero que caló hondo en el inconsciente colectivo le dan la espalda suficiente para poner a un teatro a exhibir fervor de estadio, incluso cuando se permitió, en "Flaca" y "Paloma", variar, como un niño que juega a ver cuánto puede estirar las extremidades de un muñeco antes de que se rompa, las métricas que lo llevaron a la cima. Pero la celebración siempre fue a ambos lados del escenario y entonces, mientras debajo se desgarraban los aplausos y los celulares en alto, se sentó al lado de Germán Wiedemer para un solo de piano a cuatro manos de alta factura y pocos minutos más tarde alzó la melódica para darle aires oníricos a la introducción de "Media Verónica", ya sobre los bises.

"Crímenes perfectos", revitalizada a partir del juego de matices, fue el cierre a toda voz para el primero de los shows que tuvo a Andrés Calamaro volviendo al Gran Rex después de 17 años. Si Romaphonic Sessions le permitió vestirse de crooner casi de manera inesperada, esta continuación performática funciona en su carrera como un lujo que puede darse a él mismo y al fan del núcleo más duro. Ese que está dispuesto a ver cómo el maestro de la rima intensiva disfruta de darle libertad a sus propias palabras, incluso cuando eso signifique olvidarse por un rato de la melodía original.