09/06/2017

Acusticazo en el Gran Rex: anécdotas e instituciones

Un cruce generacional en función de la nostalgia.

Gentileza

De izquierda a derecha, sobre el escenario del Gran Rex, están Edelmiro Molinari, Nito Mestre, David Lebon, León Gieco, Raúl Porchetto, Miguel Pérez, Carlos Daniel Fregtman, Miguel Krochik y Litto Nebbia. Todos juntos cantan “Algo de paz”, clásico del cancionero de Porchetto. Solo faltaba Gabriela Parodi para completar el cartón lleno del Acusticazo original que se realizó en junio de 1972 en el Teatro Atlantic y quedó registrado en un álbum hoy difícil de conseguir. Es sin duda uno de los momentos cumbres de esta noche del jueves: familias, invitados, jóvenes de hoy y jóvenes de ayer los miran, los festejan y los graban con sus celulares desde las plateas. Un sol joven con expresión seria, que hace de logo del B.A. Rock, los observa desde atrás, en una pantalla LCD.

A lo largo de los 45 años que separan el primer Acusticazo de este, el rock argentino se convirtió en una institución en sí misma, un universo simbólico con historia, próceres, himnos y bronces en común. Y el B.A. Rock es, sin dudas parte de ese universo; una marca reconocida por haber sido el primer gran festival de rock de la historia argentina, portador de una simbología que regresa a la escena 25 años después de su cuarta y última edición.

Si en 1972 ese logo representaba la esperanza en el futuro de una juventud inconforme que tomaba protagonismo en la arena pública, hoy sparece representar la mirada al pasado, dentro de una industria que tiende cada vez más a apostar a la nostalgia. Independientemente de la presencia de artistas contemporáneos (en este caso representados por Catupecu Machu y Salta La Banca), lo verdaderamente importante de este evento es el homenaje y el reconocimiento. En ese marco, este nuevo Acusticazo sirvió también para materializar la institucionalización del rock argentino con el anuncio por parte de Daniel Ripoll (ex director de la revista Pelo y organizador del evento) de la creación de un Salón de la Fama del Rock Nacional, que tendrá como primer ingresante a Litto Nebbia.

Precisamente Nebbia, el padre del rock argentino, fue el encargado de abrir la noche que hizo las veces de preámbulo del festival que se realizará en el estadio Malvinas Argentinas los días 14, 15 y 16 de octubre. Solo con su guitarra, eligió una lista compuesta en su mayoría por canciones de la época del primer Acusticazo (luego León Gieco confesaría que pactaron tocar solo composiciones de aquellos años). Por ahí pasaron “Memento Mori”, “Vals de mi hogar”, “Sueña y corre” de Los Gatos, “Si no son más de las tres” y “Vamos Negro”, con Lito Vitale en los bombos.

Tras un homenaje a Luis Alberto Spinetta por parte de Carlos Daniel Fregtman y una accidentada mini performance de Nekro, llegó el turno de Salta La Banca, los embajadores de la juventud en este evento. Su candombe pop encajó bien con la transversalidad del festival, aunque su propuesta se rebeló contra el espíritu acústico del festival, mechando pasajes eléctricos. Entre letras explícitamente ideologizadas (“Contra el aparato represor del Estado capitalista”), homenajes a Charly García (la inédita “Ponele”, que toma la base de “Raros peinados nuevos”), y una presencia escénica importante del frontman Santiago Aysine, la banda sonó ajustada para dejar contento a su grupo de fans incondicionales y al público menos afín a su repertorio.

León Gieco fue el número central de la noche. De buen humor y verborrágico, parecía estar en su propia casa. Parado solo con su guitarra y su armónica, entre canción y canción recurría a la memoria emotiva y contaba alguna anécdota. “En esa época había algo que se llamaba Comfer y teníamos que hacer canciones para que no las entiendan. Esta pensaban que se trataba de un repelente”, relató antes de “Tema de los mosquitos”. “Un día Charly me llama a las 5 de la mañana, no sabíamos si para él era muy tarde o muy temprano, y me pasa una canción muy rápida”, contó como antesala a “El fantasma de Canterville”. Con el pasar de las canciones, el escenario se fue poblando. Primero invitó a Nito Mestre para “La colina de la vida”; luego a Raúl Porchetto para “Bajaste del norte”; acto seguido se sumaron Edelmiro Molinari y David Lebon, que hicieron “La rata Lali” en plan Crosby, Stills, Nash & Young. El final fue con toda la banda del Acusticazo original.

Catupecu Machu, últimos en la programación, la jugó en un tono más unplugged que fogonero, retomando el formato que utilizó para Madera Microchip: Fernando Ruiz Díaz en guitarra acústica, Agustín Rocino en batería electrónica y cajón peruano, Macabre en teclados, y Sebastián Cáceres en bajo. Musicalmente, fue de lo más logrado de la jornada, con un sonido potente, de ciertos aires arabescos, y unos reflectores cálidos detrás de ellos que daban intimidad al ambiente y jugaban con la intensidad de las canciones. Tras una intensa versión solitaria de Ruiz Díaz de “Mañana en el Abasto” de Sumo, la banda completó un mini set a modo de repaso de su discografía y que incluyó “La piel del camino”, “El viaje del miedo” y “Plan B: anhelo de satisfacción” -el punto más alto-, “Klimt”, “Magia veneno” y el cierre ovacionado con “Y lo que quiero es que pises sin el suelo”. Antes de que terminara, Ruiz Díaz anunció que iba a haber un final especial. Primero Litto Nebbia y León Gieco tocaron “El rey lloró”, clásico de Los Gatos y considerada por Spinetta como una de las mejores canciones del mundo. El cierre fue con todos los músicos que participaron cantando “La balsa”. Por primera vez en la noche, la totalidad del público se levantó de sus asientos. Lógico: en la escuela nos enseñaron que los himnos se cantan de pie.