21/04/2017

Kendrick Lamar - "DAMN."

Cuando el mundo tira para abajo...

Kendrick Lamar
9.0 10 38

Top Dawg / Aftermath / Interscope

Kendrick Lamar - "DAMN."

Puntaje de los lectores: (37 votos)

"Una de las cosas más incomprensibles
de los Estados Unidos es el hecho de que,
a pesar de su perfil esencialmente despreciable,
todavía exista aquí tanta belleza."
(Leroi Jones sobre John Coltrane, 1964).

¿Qué es lo que cambió para que, en sólo dos años, un artista pase de afirmar “Vamos a estar bien, negro” a “Siento que no hay mañana, a la mierda con el mundo”? Bueno, Donald Trump fue elegido presidente. Si con To Pimp a Butterfly Kendrick Lamar se había convertido en el referente generacional de la era Obama, en DAMN. –en mayúsculas y con un punto final– se vuelve un desertor que elige pelear solo porque el mundo se ha vuelto demasiado hostil como para andar creyendo en otros.

En la tapa de TPaB, Lamar le había cedido protagonismo a un grupo de negros descamisados que okupaban la Casa Blanca en una selfie para deep Instagram y retomaban aquel “La llaman la Casablanca, pero eso es algo momentáneo” que deseaba y presagiaba George Clinton con Parliament en Chocolate City (1975). En la portada-meme de DAMN., el prodigio de Compton da la cara. El mejor rapero de su generación mira al lente, en solitario, con esos ojos a medio abrir que apenas pueden sostener el peso de sus párpados. Fastidiado como eternamente fastidiado, pero advirtiendo también que este es el disco de la desconfianza.

Y así, con la desconfianza como eje, arranca “BLOOD.”, el tema-introducción de su nuevo trabajo de estudio. Entre el soul y la canzonetta italiana (como en la colaboración entre Luis Bacalov y Edda Dell’Orso para el film Django), K-Dot cuenta en primera persona la historia de un tipo que quiere ayudar a una mujer ciega y esta lo mata de un disparo. Hasta el tiro se escucha. Dos años antes, el track introductorio de su –hasta el momento– obra cumbre arrancaba sampleando el eslogan del jamaiquino Boris Gardiner: “Todo negro es una estrella”. Ahora, en 2017, para Lamar ningún negro es una estrella excepto él. “En mi último LP traté de elevar a los artistas negros / pero hay una diferencia entre artistas negros (black) y artistas pésimos (wack)” rematará más adelante en “ELEMENT.”

Sin embargo, DAMN. se construye de a pares. Y a “BLOOD.” (sangre) le sigue “DNA.” (ADN), un tour de force en el que Lamar se planta para enumerar los componentes (lealtad, dinero, ambición) y las contradicciones que lo habitan (guerra y paz, dolor y goce). En medio del rapeo con nitro, se da lugar a para atender a Gerarldo Rivera, de la cadena FOX, que había afirmado que “a los afroamericanos, el hip hop les hizo más daño que el racismo”. Pero si hay algo que define a KL, más allá de los significados y significantes, es su capacidad para hacer y deshacer los esquemas de rimas a su antojo. El compás es tanto una referencia como un corset, y entonces se mueve dentro de él, pero también lo estruja, lo excede y lo sobrevuela.

La vida, el flow, es una cárcel con las puertas abiertas.

Lollapalooza

Para “YAH.” y la antes mencionada “ELEMENT.”, los beats gélidos se acentúan y la instrumentación se vuelve mínima: ya no hay lugar para el P-funk ni el free jazz de TPaB. Como si Lamar –que adoptó el alias Kung Fu Kenny para dejar en claro que ahora es un ser solitario– no tuviese ganas de dialogar con la música afroamericana que lo precedió, el trap se establece como núcleo sonoro de esta cruzada. “Nadie está rezando por mí”, reclama en su espiral descendente hacia la misantropía, que encuentra cierto remanso en el vocoder y el fraseo etéreo de Rihanna en “LOYALTY.”.

“PRIDE.” (Orgullo) y “HUMBLE.” (Humildad/Humillación), conforman otro de los apareamientos. El primero, tal vez el momento de mayor relajo melódico del disco, es un lobo con piel de cordero. Sobre una superficie de bombos y teclados blandos, Lamar avisa: “No voy a fingir humildad sólo porque tu culo es inseguro” y se mantiene con la guardia en alto: “Cuando las promesas se rompen, el resentimiento cobra vida”. En el segundo, retoma el flow de dientes apretados y reclama el reconocimiento de su supremacía: “Soy el negro más real de todos, perra”. Detrás, el clima se torna sobrecogedor a fuerza de un teclado monolítico.

Cuando llega el featuring de U2 (“XXX.”), en lugar de buscar el hit crossover, Lamar despliega una composición rapsódica que lo tiene zigzagueando entre su registro más grave y la velocidad de MC callejero. “Perdimos a Obama pero nunca volveremos a dudar de él”, se lamenta mientras Bono viaja al rescate de las entrañas de la música afroamericana: “Este país está destinado a ser un sonido de drum and bass”.

En el binomio final, los límites se vuelven borrosos. Kung Fu Kenny se compara con Dios en “GOD.” y en “DUCKWORTH.” coquetea entre la predestinación y la inmortalidad relativa en el repaso de una historia de tiroteos y mafia que tuvo como protagonistas a su padre (el nombre completo de Kendrick es Kendrick Lamar Duckworth), y Antony Tiffith, quien lo reclutó para el sello Top Dawg cuando apenas tenía 15 años. Tras un audio en reverso que repasa todo el disco en unos segundos, el disparo del track inicial vuelve a resonar para cerrar el círculo.

Si en Yeezus Kanye West se convirtió en Dios por exceso de megalomanía, aquí Lamar lo hace por resignación. No es que reclame su lugar por soberbia, es que no le queda otra. El mundo que soñó -y por el que peleó- en To Pimp a Butterfly estalló en mil pedazos cuando Trump fue elegido presidente de los Estados Unidos, y ahora sólo puede maldecir (DAMN.) el presente y ocuparse de lo que le toca. Porque ser Dios es la única salida posible cuando sos Kendrick Lamar y lo que te rodea es el puto infierno.

9.0 10 38

Top Dawg / Aftermath / Interscope

Kendrick Lamar - "DAMN."

Puntaje de los lectores: (37 votos)