11/08/2017

Jay-Z – “4:44”

Secretos revelados, miedos y disculpas del rapero-empresario más envidiado del mundo.

Jay-Z
7.1 10 4

Roc Nation

Jay-Z – “4:44”

Puntaje de los lectores: (3 votos)

No es fácil ser empresario multimillonario y tener como esposa a una estrella, que también es multimillonaria y además, una de las mujeres más deseadas del mundo. Tampoco lidiar con una cuñada que, si metés la pata, te agarra a patadas en un ascensor. Tómense las anteriores sentencias como una forma irónica de acercarse al personaje en cuestión: Jay-Z. Bajo ese alias está Shawn Carter, un muchacho que se las rebuscaba con lo que podía (casi siempre de forma ilegal) en las calles de su Brooklyn natal y que se convirtió en estrella de hip hop, una de las más grandes de este siglo. Ahí están la extraordinaria saga The Blueprint y el notable The Black Album como botones de muestra. También el devaneo ególatra -buenísimo para unos, horrible para otros- que cometió junto al también mediático Kanye West, titulado Watch the Throne. Desde ahí en adelante, se supo más de su vida privada y de sus negocios (según The Wall Street Journal, posee una fortuna estimada en 450 millones de dólares) que de su actividad musical.


El emprendimiento más audaz de Jay-Z, sin embargo, ha sido alrededor de la música: la plataforma de streaming Tidal, lanzada con pompa y no demasiado éxito en su país (y menos en la Argentina). Después de Lemonade, la bomba musical de Beyoncé -el mejor disco de 2016 para Silencio-, el hombre quedó en orsai. O al menos en capilla. Por eso, el esperado disco post-Lemonade del rapero-empresario venía precedido de una carga extra de morbo y mambo alrededor de las disputas de alcoba entre estos reyes afroamericanos que encarnan, como nadie, la superioridad racial de una América (como ellos insisten en llamarse) cada vez más mestiza y diversa.

4:44, su decimotercer disco de estudio -y primero en cuatro años-, venía con esa carga extra, pero en verdad también partía de una meseta de creatividad en la que Jay-Z parecía haber caído, entre los efluvios de una champagne supernova afroamericana. Y debe decirse que mucho del encanto que puede tener el disco, pasan por lo que Jay-Z dice en cada una de sus ¿canciones? No es fácil tampoco decodificar el inglés ebony con que construye sus rimas, pero el siguiente resumen plantea opciones para entender de qué va el disco. Porque, ciertamente, 4:44 gira alrededor de la “traición” que Beyoncé reveló. Pero eso no es todo.

El disco no es de los mejores en la carrera de Jay-Z, pero propone variados ejes de análisis que obligan a tomarlo bastante más en serio que a sus últimas grabaciones, muchas de ellas francamente descartables. Mucho más siendo contemporáneas a la producción artística de una nueva generación de músicos-raperos (Kendrick Lamar, Chance The Rapper y otros por el estilo). Recalculando: 4:44 se parece bastante a una retrospectiva de vida en donde caben triunfos, derrotas, traiciones, conflictos familiares, el peso de la paternidad y algunos interrogantes existenciales sobre cuán “negro” hay que ser para que te den pelota y valoren tu obra, y cuánto vale exactamente la misma. También, claro, cuánto sirve un imperio construido alrededor de una reputación de “cantor del pueblo” que deviene millonario y pasa de la cerveza camuflada en bolsa de papel madera en la esquina a una copa de Cristal en la gala anual del Lincoln Center. Y así todo.

Jay-Z

Foto: Gentileza

Y todo sobre los ritmos centelleantes, -brumosos por momentos, arrastrados en otros-, siempre originales aunque poco bailables, cortesía de No I.D., habitual responsable de producción del muy recomendable Common (Be es de escucha obligatoria para gustosos del género). Aquí, el productor provee de una paleta única de ritmos, sonidos y samples que ornamentan las palabras como rayos que lanza Carter. Todo suena un toque más lento de lo que se está acostumbrado y ahí está uno de los atractivos “técnicos” del disco. Como si los demonios a expulsar y pensamientos profundos a ventilar en la confesión pública que emprende la estrella -una suerte de extenso “My Way”, pero negro y callejero-  necesitaran de esa velocidad como modo de remarcar cada sentencia.

Así, 4:44 se convierte en un interesante ejercicio de estilo sonoro en género, el hip hop, que aun remitiendo a las raíces de la cultura afroamericana de varios siglos, suena futurista. Casi, casi siempre. Y además, están los samples de voces: Nina Simone, Lauryn Hill, Stevie Wonder, Donny Hathaway -y siguen las firmas- se dejan oír en medio de las parrafadas de Jay-Z, el rapero, dueño de compañías, empresario y exitoso hombre de negocios que aquí, tal vez por única vez en su carrera, se muestra vulnerable, inseguro, culposo. Y con una carga de reflexión infrecuente para el género: quién soy, cómo me ven, qué estoy dejando como legado, qué hice de mi vida. En este contexto, esas voces espectrales de hermanos y hermanas de otro tiempo cobran mucho más sentido que el simple ornamento de producción para lucir cool.

A los bifes. El primer track, “Kill Jay-Z”, es explícito sobre las intenciones del disco (“disparen al muñeco”, podría ser el subtexto): hay referencias a la enemistad con Kanye, a su ¿ex? socio de Tidal Jimmy Iovine y al famoso incidente del ascensor con Solange viralizado por TMZ. “Smile”, la tercera canción con participación de su madre Gloria (la misma que aparecía al comienzo del Black Album contando la historia de su hijo), alude a la salida del closet de la señora después de años de ocultamiento por “vergüenza social”. “Lloré de alegría cuando te enamoraste/ Y no importaba si era él o ella”, le dice, y un rato después cuenta cómo trabajó en terapia el tema. Otro mito derribado: si los mafiosos no debían ir al psicólogo -cosa que Tony Soprano vino a refutar-, los raperos ganadores tampoco. Y entonces llegó Jay-Z para admitirlo.

Por supuesto, la confesión más esperada también llega en “4:44”, la canción, cuando acepta la metida de cuernos (hay referencias al episodio en varias otras). Pero las mencionadas son apenas tres muestras de una colección de canciones astutas y movilizantes que pueden sonar intrincadas y densas, pero que revelan lucidez para expresar sentimientos profundos en formato hip pop. Viniendo de un hombre que lo tiene todo (la guita, la familia, el poder) a los 47 años, resulta una prueba de supervivencia antes que una confesión de culpas. Jay-Z está vivo, le corre sangre por las venas, aunque en la cúpula donde vive y revienta, el cielo parezca un poco más cerca.

7.1 10 4

Roc Nation

Jay-Z – “4:44”

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