12/04/2017

Jarvis Cocker & Chilly Gonzales – “Room 29”

La música clásica también es para la gente común.

Jarvis Cocker
7.3 10 2

Deutsche Grammophon

Jarvis Cocker & Chilly Gonzales – “Room 29”

Puntaje de los lectores: (1 voto)

Hay muchas pistas que permiten dar cuenta de por qué el primer disco de estudio de Jarvis Cocker en ocho años marca un punto y aparte con respecto a lo que venía realizando. La primera la da su colaborador, el pianista Chilly Gonzales. Además de sus asiduas colaboraciones con Peaches y su condición de rapero, el canadiense también es conocido por ser maestro de ceremonias cristianas, y eso es, en definitiva, lo que aporta la musicalidad distintiva al álbum: un piano dulce y melodioso por momentos, y crudo cargado de staccatos en otros, lo que varía el humor y la tensión. La segunda deriva directamente desde la portada de Room 29, una cita a los artes de tapa de los discos de música clásica: limpia, prolija y con el inconfundible sello amarillo de Deutsche Grammophon, la discográfica por excelencia del género desde 1898. Y claro, el toque final lo dan las canciones, tanto desde sus melodías y arreglos como desde sus nombres, que incluyen oberturas e interludios, sin ir más lejos.

Si durante su etapa como líder de Pulp sus influencias provenían de artistas como David Bowie, Marc Bolan o New Order, ahora hay que retroceder algunos años -o siglos- para entender de dónde viene el Cocker storyteller de Room 29. Con derivados clasicistas y románticos, los matices del disco se transforman en lo que podría ser una concisa banda sonora para una película de comienzos del siglo XX. Y si además se toma conciencia de la historia detrás de las canciones, el círculo termina cerrando a la perfección: la habitación 29 que da nombre al trabajo de Cocker y Gonzales no es más que una de las 63 disponibles dentro del hotel Chateu Marmont, ubicado en Los Ángeles y famoso en el Hollywood gracias a la gran cantidad de historias que alberga. “Si tenés que meterte en problemas, hacelo en el Chateu Marmont”, dijo durante la década del 30 el fundador de Columbia Pictures, Harry Cohn, y eso fue lo que pasó: gracias a romances e infidelidades, noches de excesos e incluso paseos en moto por el lobby -cortesía de John Bonham, baterista de Led Zeppelin-, el mote de infame es prácticamente un prefijo de su nombre.

Leí que una actriz solía hacer fiestas en este lugar / y tomaba drogas en el piano / si le paso la lengua, ¿todavía tendrá ese sabor?”, se pregunta Cocker al comienzo del tema que da nombre al disco, en lo que sirve como una presentación tanto de aquella habitación y su piano, como del disco en su totalidad. Y aunque la pieza instrumental podría ser tocada en un pequeño concierto de piano en la Staatsoper de Viena, la lírica pagana inmediatamente genera el desprendimiento de monóculos en los presentes.

“Marmont Overture” pone los pies del oyente dentro del lobby del hotel gracias a la ambientación sonora que produce y sirve como una delicada transición hacia “Tearjerker”, una melodía que retoma el tono dramático del primer tema, haciendo las veces de hit dentro de un trabajo de este estilo. “No necesitás una novia / necesitás una asistente social”, exclama Cocker en un tono que no es ajeno a su pasado y recuerda a su propia voz en “Dishes”, de This Is Hardcore (1998).

La sucesión entre “Clara”, “Bombshell” y “Belle Boy” pone en primer plano la teatralidad del disco, como si se tratase de una obra en donde un voyeur espía todo lo que está pasando dentro dentro del hotel, desde el abandono de un piano en una habitación por parte del marido de Clara Clemens -hija de Mark Twain-, hasta el sonido de la campanita que llama al botones una y otra vez. Mientras que en “Bombshell” las influencias de Debussy son claramente reconocibles sobre el final -recuerda a la composición “Rêverie” del músico francés-, en “Belle Boy” la tensión aumenta en un in crescendo que luego termina en un Allegro lleno de humor: “No, no hay propinas para el botones”, ironiza la canción.

Las cuerdas, a cargo del Kaiser Quartett, son el ingrediente final necesario para un disco de esta magnitud. En “Salomé”, los violines se entremezclan con la composición más cercana a Pulp que pueda encontrarse en el disco, mientras que en “A Trick of the Light” -el tema más larga del álbum-, la búsqueda sinfónica, que viene luego del momento avant garde con las voces en reverso, recuerda tanto a un Requiem como a “The Trial”, de Pink Floyd. Y aunque los interludios y oberturas generan una distinción única que termina de cerrar el círculo clásico que el disco busca, temas como “Interlude 2 – 5 Hours a Day” o “Room 29 (Reprise)” muestran una sobrecarga de momentos prescindibles, que transmiten la sensación de que debían estar ahí solo por el género al que pertenecen. En “Howard Hughes under the Microscope”, por ejemplo, la figura del director de cine al que menciona la canción se resalta gracias a la voz en off , pero poco suma al trabajo.

“Daddy, You’re Not Watching Me” grita melodrama por todos lados y genera el clímax más importante que puede encontrarse dentro de un álbum lleno de matices. “Estuve mirando atentamente / en la ausencia de Dios creo que vos lo vas a hacer por mí”, susurra Cocker, mientras de fondo uno puede imaginarse una chimenea ardiendo, una botella de whisky vacía y un piano desvencijado. “Y relaciones sexuales / de eso se trata todo, claro”, cierra en “Ice Cream as Main Course”, demostrando que la música clásica no es algo exclusivamente de otros siglos y que el rock puede ponerla en sintonía con los tiempos que corren.

7.3 10 2

Deutsche Grammophon

Jarvis Cocker & Chilly Gonzales – “Room 29”

Puntaje de los lectores: (1 voto)