19/06/2020

Bob Dylan - “Rough and Rowdy Ways”

Testigo y relator de su tiempo, una vez más.

Bob Dylan
GB. ENGLAND. Underground nightclub principally for black people in Cable Street, East London. (Cable Street no longer exists). 1964.
9.5 10 14

Sony Music

Bob Dylan - “Rough and Rowdy Ways”

Puntaje de los lectores: (13 votos)

¿Importa un nuevo disco de Bob Dylan, justo AHORA? ¿Importa en el mundo de los barbijos, Tik Tok y los memes de los perros? Importa. Y su publicación coincide con síntomas de caos global: pandemia, racismo, meteoritos, refugiados… Parece que, de verdad, nadie saldrá vivo de aquí. Rough and Rowdy Ways es el primer álbum de nuevas canciones desde Tempest (2012) y también el primero que sale mientras él, a los 79 años, porta -discretamente, como todo lo que hace- el preciado cinturón de campeón mundial de los pesos pesados de la literatura (a.k.a. Premio Nobel). Será por eso que todo lo que rodea a este disco de diez canciones, con cinco de ellas que superan los seis minutos de duración, adquiere en estos días extraños el carácter de acontecimiento cultural.

La serena “I Contain Multitudes” -adelantada por Bob Dylan el 17 de abril- inicia un recorrido de 69 minutos por las obsesiones, referencias culturales, trucos lingüísticos y serenas reflexiones sobre el amor, el tiempo y la muerte, de parte de un hombre de avanzada edad (grupo de riesgo) y enigmática existencia. Que vive para contarlo. Aquí canta “Voy directo al borde, voy directo al final / Voy justo donde todas las cosas perdidas se arreglan de nuevo / Canto canciones de experiencia como William Blake / No tengo que disculparme”. Y también “Soy un hombre de contradicciones / Soy un hombre de muchos humores”. Cada estrofa remata con una cita a Walt Whitman (Una línea de “Canto a mí mismo” reza “¿Qué me contradigo? Sí, me contradigo. Y ¿qué? Yo soy inmenso… y contengo multitudes”. Más personal no se consigue.

Sigue el blues arrastrado “False Prophet”, la última de la trilogía que anticipó este disco (salió el 8 de mayo). Brilla el notable Charlie Sexton, “su” guitarrista de las últimas dos décadas. Sexton fue un proyecto de estrella pop rock en los 80 que se reinventó como respetado sesionista hasta que el viejo le echó el ojo y en tres etapas distintas lo tuvo a su lado. En este disco en particular, cuyo crédito de producción esta vez figura vacío -Jack Frost, un alias del mismo Bob Dylan con el que firmaba ese rubro, esta vez no fue convocado-, brilla a la altura de lo que es capaz de hacer sobre un escenario. Su estilo es sútil y depurado, pero puede sonar feroz con la velocidad de un rayo. Quienes presenciaron los shows en Buenos Aires, en Vélez 2008 y en el Gran Rex 2012, pueden dar fe de esto. Sexton es el hombre que sostiene el soporte instrumental para el hombre viejo cuyo registro vocal suena imperturbable, ajustado y seguro aún frente a sus achaques. Es parte del encanto.

“My Own Version of You”, la siguiente canción, se desliza en la telaraña de guitarras que el mismo Sexton impone, y mantiene un halo de misterio a lo largo de seis minutos y pico de interpretación. El que relata es un Dr. Frankenstein cualquiera. “Tomaré al Pacino de Caracortada y al Brando de El padrino / Los mezclo en un tanque y obtengo un robot comando”, dice graciosamente en un tramo de su relato. Es un cuento de amor y manipulación. En el remate asegura “Puedo ver la historia de toda la raza humana. Está todo ahí, está tallado en tu cara”. ¿Alguien podría discutirlo?
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“I've Made Up My Mind to Give Myself to You” es una bella canción, directo a una posible lista de clásicas canciones románticas de la mejor cosecha del autor (y vaya que hay un buen número de ellas). No es poco. Es una balada suave que cuenta cómo es resignarse deliberadamente al amor y sus demandas. La banda suena ajustada. “Black Rider”, la siguiente, se apoya en melancólicos arpegios de guitarra. La voz de Dylan aparece en el registro de sus discos de interpretación de Sinatra. No es cita ni emulación: canta para que se noten los años vividos. La mezcla general del disco potencia esa sensación. Todo suena al natural, incluída esa garganta achacada pero firme.

Bob Dylan

El disco levanta temperatura con una cabalgata de guitarra, bajo, batería y armónica de los que sólo Bob Dylan y su banda pueden presumir, aquí y ahora: el ritmo y blues de “Goodbye Jimmy Red”, pesado y desafiante, transporta a “las religiones de antaño” que solían profesar músicos como el homenajeado. Jimmy Reed fue uno de los bluseros eléctricos del Mississipi más influyentes en los años 50, justo cuando el adolescente Bob se educaba musicalmente con la radio prendida en las madrugadas. La reposada “Mother of Muses” -ajustada interpretación de voz y guitarra- invoca al general Patton y se encomienda a esa patrona de las musas (¿para seguir haciendo canciones?).

Esa balada ambienta la calma que antecede a la última tormenta eléctrica del disco: “Crossing the Rubicon” es otro de esos R&B en los que Bob Dylan y los suyos dan cátedra. Remite obviamente a la madre de las decisiones que haya tomado ser humano alguno en la historia -el cruce de Julio César que habría de construir un imperio-, pero aquí adquiere un tono de previa de pelea y algo más: “Puedo sentir los huesos debajo de mi piel y tiemblan de ira, haré viuda a tu esposa, nunca verás la mediana edad", amenaza. Es una gloriosa lección de rock and roll y compone, junto a “Key West (Philosopher Pirate)”, una secuencia extraordinaria de un gran disco.

“Key West” es un viaje de 9 minutos y pico, con el eco de un acordeón y coros como posible banda de sonido para los títulos finales (hay más, ya se verá). La canción es un largo poema de meditaciones y pensamiento aleatorio del hombre grande que se mira a sí mismo. Y también es la obra maestra de este álbum. La ruta hacia Key West es angosta y doble mano, rodeada de agua, allí donde el extremo sur de esa gran porción de América del Norte se sumerge en la inmensidad del cegador Mar Caribe. En ese camino, el tipo se pregunta cosas, recuerda otras, reflexiona sobre la nada y el ser. “Nací en el lado equivocado de la vía del ferrocarril / Como Ginsberg, Corso y Kerouac". Lo entona apenas. “Key West” es tan bella como “Not Dark Yet”, una perla de Time Out of Mind, el disco de 1997 editado después del episodio cardíaco y ya considerado un clásico.

La pasión por la historia de su país emerge como pocas en “Murder Most Foul”, el poema-reporte cantado que sacudió a la grey dylaniana en marzo de este año, cuando el mundo recién se asomaba a la pesadilla. El asesinato del presidente Kennedy dispara en casi 17 minutos a una inspirada hilación de hechos, personajes y frases de la cultura popular del siglo XX en Estados Unidos. Bastante ya se escribió sobre la significación y referencias que contiene la canción. Solo cabe agregar que, con su sencilla cadencia instrumental y la voz del poeta recitando versos escritos en estado de trance ambienta el crepúsculo de la película del disco. Los títulos pasan mientras el relato se hace hipnótico. “Para mí no es nostálgica. No creo que sea una idealización del pasado ni algún tipo de celebración de un momento desvanecido. A mí me habla del presente. Siempre fue así, sobre todo cuando estaba escribiendo la letra”, dijo en la única entrevista que hizo a propósito de esta edición.

Como siempre, el hombre expone su sentido común -visto y considerando los hechos de público conocimiento mundial- para explicar qué está pasando. En 50 años de historia hecha de la grandeza de su propia leyenda -esquiva, misteriosa, iluminada- y unas cuantas de las mejores canciones de la era del rock and roll, Bob Dylan ha cantado siempre sobre las mismas cosas. Camino a los 80 en su casa de Malibú, igual que cuando tenía 20 y vagaba por las calles del Village neoyorquino, es testigo y relator de su tiempo. Este disco recuerda su relevancia como inspirado cronista, leyenda viva y magnético artista. Un hombre capaz de ayudar con sus letras y músicas a pasar estos días más extraños que cualquier ficción.

9.5 10 14

Sony Music

Bob Dylan - “Rough and Rowdy Ways”

Puntaje de los lectores: (13 votos)