16/05/2017

At the Drive-In – “in•ter a•li•a”

This is hardcore.

Lo primero que se escucha en el primer disco de At the Drive-In en 16 años es un carrete de cinta rebobinándose. La secuencia continúa con una serie de ruidos ambientales de fondo, hasta que Omar Rodríguez-López entra en escena con un riff rabioso. A los pocos compases, el guitarrista Keeley Davis se suma duplicando el machaque para que el resto de sus compañeros se acople sin detener la marcha. Subido a la cresta de un maremoto hardcore, Cedric Bixler-Zavala mastica los versos de “No Wolf Like the Present” sin ocultar su enojo: “No hay lobo como el presente / Son dueños de nuestra historia, la fragmentan en partes / No hay lobo como el presente de insignificancia”. En ese primer minuto y monedas de in•ter a•li•a se resume la puesta al día de un grupo que estuvo fuera de circulación durante década y media, y también los motivos que los llevaron a volver a entrar a un estudio después de tanto tiempo.

At the Drive-In nació a mediados de los 90, tuvo su apogeo fugaz con su tercer disco (Relationship of Command, 2000), y se separó un año después, cuando el éxito de “One Armed Scissor” poco pudo hacer para salvar dinámica interna volátil. En todo este tiempo, Rodríguez López y Bixler-Zavala timonearon juntos The Mars Volta, un combo en el que el prog rock tamizado a través del linaje latino de ambos dominó todos sus álbumes, a los que dotaron, progresivamente, con mayores cuotas de complejidad. Pero durante los años que duró el impasse de At The Drive-In, el mundo no sólo no se volvió un lugar más agradable sino que se transformó en uno mucho peor de lo imaginado. En ese contexto, contar hasta cuatro y poner los amplificadores en 11 pasó a tener mucho más sentido que desarrollar álbumes con hilos conceptuales espesos y canciones de 20 minutos de duración repartidas en varios movimientos.

Casi como prueba de que el músculo enérgico de At the Drive-In sigue tan intacto como en su primera encarnación, “Continuum” mantiene el vigor a nivel incandescente. En un crossover en el que el hardcore le hace lugar a un rap metal sostenido por armónicos de guitarra, Bixler-Zavala dispara aún más veneno (“Intentarás escaparte de una tumba rápida / en un parque de huesos para perros / Pero ese rastro de papel del que tanto alardeaste / es sólo una lengua muerta”), como queriendo despertar a una gran masa adormecida a fuerza de psicofármacos y bombardeo mediático. Esa misma sensación de letargo (in)voluntario aparece en “Tiling at the Univendor”, en la que por más que los bpm amaguen con repartir clemencia, el discurso no otorga concesiones (“Ella puso la fiera detrás de mis voces / Tomaré un cigarrillo y lo apagaré en mi brazo / Es la única manera que tengo de sentir”).

AtTheDriveIn Interalia - 1 - tapa - 300

El desencanto con un presente inimaginable domina “Governed by Contagions”, con dos guitarras en constante tironeo y un escenario dominado por traficantes de drogas, imágenes aterradoras (“¡Reptá! Hasta que estés empapado en sangre / La vida no es la respuesta“) y las cápsulas de cianuro como metáfora de saber que uno tiene el poder de la decisión final, aun en el peor de los panoramas. Dentro del clima de denuncia del estado de las cosas, “Incurabbly Innocent” apunta sus dardos a cómo el Estado y la iglesia cubren sus espaldas mutuamente en casos de abuso sexual, un discurso que recrudece poco después en “Holtzclaw” (“Nada nos detendrá de hacer girar esa cruz en tu corazón / La iglesia no terminará hasta que guarden las serpientes de nuevo en la bolsa“).

Con el disco ya establecido como una catarsis en la que ninguna figura queda en pie, “Call Broken Arrow” es bastante más que una oda de desencanto a un falso alguien (¿un líder? ¿un traidor?) en la que Bixler-Zavala elimina las metáforas para impactar lo más fuerte posible: “La elección de tu enfermedad es tu muerte para salir cagando de acá / Él es el rey de los desahuciados / Y está robando flores de mi lápida / Siempre sin devolver a quienes debe“. Mientras todo esto sucede, At the Drive-In prueba estar en su mejor forma, como si el hiato de 15 años hubiera sido necesario para revitalizar un sistema muscular que demanda entrenamiento. Con las guitarras repartidas en canales separados, Rodríguez-López y Davis vuelan entre la furia y la creatividad armónica, el bajista Paul Hinojos y el baterista Tony Hajjar construyen un pívot rítmico marcial y acelerado, y el cantante exprime su registro vocal de todos los modos posibles: susurra de manera inquietante, amontona palabras para luego ametrallarlas y escurre sus cuerdas vocales para convertir su voz en un alarido penetrante.

En la recta final, “Ghost-Tape No. 9” gana por oposición en comparación al resto, a paso lento y llena de texturas de delay, con una voz en falsete en pleno estado de paranoia (“Solía escucharlos a través de las paredes por las noches / Intercambiando corrientes a través de pequeñas cantidades de lujuria perniciosa“). Como acto final, “Hostage Stamps” vuelve a poner las cosas en su lugar, por más que su introducción llena de guitarras procesadas invite a esperar lo contrario. En su última estocada, At the Drive-In se planta con un llamado de atención general a velocidad galopante y una letra plagada de imágenes crípticas (“Mis ojos rodaron hacia la parte trasera de mi cabeza / La palabra del Señor tomada en vano / Batallones de recuerdos, coplas de fantasmas / Una nueva cremación táctil legalizada / Espuelas oscuras, tortura contemplativa“), hasta que todo se diluye en un último grito. Poco antes de que el tema llegue a su fin, aparece en escena el mismo ruido a cinta del comienzo, o la manera de hacer entender a in•ter a•li•a como una estructura cíclica en donde comienzo y final se unen, porque todo puede volver a suceder.