02/11/2018

Andrés Calamaro – “Cargar la suerte”

Canciones urgentes y asuntos pendientes.

Andrés Calamaro
8.8 10 79

Universal

Andrés Calamaro – “Cargar la suerte”

Universal
Puntaje de los lectores: (78 votos)

Andrés Calamaro tiene el para nada despreciable don de saber mudar de piel artística las veces que le sean necesarias. Desde el cambio de milenio a esta parte, el ex Abuelos de la Nada supo ser un compositor politóxico en El salmón, un laboratista capaz de fundir al tango y el flamenco en El cantante y Tinta roja, un crooner de interpretación sentida capaz de reformular el repertorio propio y ajeno en Romaphonic Sessions, un artista de mutación espontánea en On the Rock y Volumen 11, y un ingeniero de melodías a escala estadio en varios de los momentos de La lengua popular y Bohemio. Pero tanta metamorfosis tarde o temprano terminaría decantando por el lado de una nueva necesidad: la de volver sobre terreno ya transitado pero con la experiencia a cuestas.

Cargar la suerte tiene dos puntos en contacto con Alta suciedad, el disco de 1997 con el que Andrés logró edificar una carrera solista sin necesidad de credenciales pasadas. Ambos fueron grabados en Estados Unidos con un elenco de sesionistas de primer nivel, capaces de transmitir la sensación de haber sido su banda de apoyo durante una vida entera y no un seleccionado de músicos a reglamento. Pero además hay otra similitud mayor entre ambos trabajos: un repertorio conciso y carente de fisuras, que se cuela en el inconsciente popular sin pedir permiso. Si gran parte del rock argentino de las últimas dos décadas se construyó mirando de cerca a su obra, este es el álbum en el que Calamaro viene a recordar quién fue el responsable del punto de partida.

El disco se sostiene en tres pilares. El principal de ellos pone el énfasis en el rock de guitarras, como dejó entrever “Verdades afiladas”, su primer corte. “Siete vidas”, firmada junto a Daniel Melingo, lo pone al frente de una pared valvular en la que se asume protagonista de un relato reo (“El tiempo conoce mi sombra, el viento me nombra / Ahora soy príncipe y mendigo, ahora soy torero y bandido”), y “Falso LV” le moja la oreja a los solidarios del doble clic, incapaces de meter los pies en el barro (“Sin guillotina no hay revolución, es un falso Louis Vuitton / Casi una mentira, vienen con camisetas de rock y peluquería”). “Adán rechaza”, con clara referencia a los primeros seres que habitaron la Tierra, apuesta por el legado a futuro y a no sucumbir ante la idea de mortalidad con una frase taxativa: “Quiero vivir hasta que el padrecito me llame para empezar de nuevo / Y escribir mis mejores canciones y alegrar los corazones en el cielo“. 

Andrés Calamaro

La experimentación y el poliamor estilístico definen el segundo pivot de Cargar la suerte. “Tránsito lento” redefine el eufemismo utilizado para referirse a la constipación y lo convierte en la bitácora groovera de un viajero en eterno traslado, fastidiado entre aeropuertos (“En alguna parte me espera seguir esperando / Y dicen que navegar es preciso, pero lo que preciso es llegar”). A continuación, “Cuarteles de invierno” retoma ese concepto desde la incertidumbre del músico en gira (“A buscar mis alimentos, a buscarme la rutina / Qué Argentina voy a encontrar, no lo sé”) en una balada que gana dramatismo con arreglos de cuerdas y bronces. Desde su título, “Las rimas” hace honor a uno de los mayores talentos de Calamaro como letrista, y acá lo hace en un aire de balada de cepa británica en la que el Salmón rapea con fluidez líneas que van desde lo autorreferencial (“No guardo rencores pero nunca miento  / Me tiré cinco años sin salir de mi departamento / Durmiendo poco y nada pero sin remordimiento”) al comentario político (“Gas pimienta en la escalera del Congreso / Pidieron queso y les rompieron un hueso”).

Pero el grueso del disco está en el Calamaro intimista, que ahora se pasea entre el desahucio baladístico y la canción folk. “Diego Armando Canciones” es otra autoproclamación de respeto por la obra propia, ornamentada con unos arreglos de lap steel que Ryan Adams querría en algún disco suyo. “My mafia” repite la fórmula, pero en la forma de un tratado sobre la amistad con personas que están más allá de los márgenes de la ley (“En el día del amigo pueden contar conmigo / Para sentarme en la mesa de los bandidos”). Con la guitarra acústica como norte, “Egoístas” funciona como un pedido tardío de disculpas por los errores cometidos y la necesidad de cicatrizar heridas con la música (“Perdón por mi egoísmo y mi falta de interés por los demás / Me estoy curando de espanto en el destino del canto”).

A contramano de la incorrección política de la letra de “Mi ranchera” (“Quizás sea por la forma en que te fuiste / Sin un beso ni un abrazo, mejor hubiera sido despedirte de mí con un balazo”), “Voy a perder” aporta un manto conciliatorio. En forma de balada épica, Calamaro se confiesa como alguien que quiso huir de los problemas y sólo terminó arrastrándolos consigo (“Alguna vez me quise ir, allí dejé lo que perdí / Apenas pude rescatar algunos discos viejos y los reflejos del lugar de donde soy”), hasta que su estribillo deviene en reflexión: “Necesidad, pertenecer, es un lugar sin dirección / Hay que poder, hay que saber, hay que querer conseguir por qué vivir”. Tras unos minutos de silencio, una jam session oficia de epílogo. Sin guión establecido, Calamaro y sus músicos improvisan en una atmósfera jazzera, y esa pequeña coda parece confirmar dónde encontró por qué vivir: en el disfrute de la música.

8.8 10 79

Universal

Andrés Calamaro – “Cargar la suerte”

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